Pareciera una pregunta fácil de contestar, pero cuando la piensas un poco resulta más complicada. Además, es una pregunta que nunca me hubiera hecho de joven.
Nadie nos dice cómo vivir esos años de vida
adulta. Llegamos cargando decisiones anteriores y pensamientos limitantes que
aprendimos de la familia, la sociedad o los amigos; pero también traemos
aprendizajes, heridas, sueños, expectativas y experiencias que hemos vivido en
el transcurso de esos años.
¿Y cómo pensar en nuestro futuro cuando a
esas edades queremos comernos al mundo a mordidas?
Yo recuerdo que soñaba con ser adulta. Jugaba
a tener mis tarjetas de crédito, mi carro, mis hijos, firmar documentos
importantes y hacer todas esas cosas que, desde mi mirada de niña y de joven,
significaban ser una persona adulta e independiente.
Pero cuando finalmente llegamos a esa etapa,
nos enfrentamos a muchas cosas que nunca imaginamos: el pago de impuestos, la
hipoteca, el seguro de gastos médicos, los gastos de los hijos, la presión del
trabajo, la inflación y tantas otras situaciones que van bombardeando nuestra
vida cotidiana.
Sin embargo, la vida adulta también tiene ese
sabor a libertad y a la posibilidad de concretar muchos de los sueños que
alguna vez imaginamos.
¿Es ésta la vida adulta que imaginabas?
Llegamos a la vida adulta con una maleta
grande, llena de todo lo bueno y lo malo que hemos acumulado en el camino.
Entonces surge una pregunta: ¿hemos creado la vida adulta que soñábamos o
estamos inmersos en una rutina que nos jala como una espiral sin fin?
Cada etapa tiene sus pormenores. Como adultos
suponemos que deberíamos tener más claro qué queremos; al menos, eso es lo que
siempre esperamos. Sin embargo, también aparecen las dudas: ¿esto es realmente
lo que quería?, ¿me gusta la vida que estoy viviendo?, ¿quiero seguir por este
camino?
Y ¿sabes qué? Es válido querer cambiarlo.
Muchas veces pensamos: “¿Cómo voy a hacerlo
si ya soy grande?”. Tenemos la expectativa de que, al llegar a determinada
edad, deberíamos tener todo resuelto y saber perfectamente quiénes somos y qué
queremos.
Pero olvidamos algo importante: el ser humano
no es estático. Somos seres cambiantes. Lo que queríamos hace diez o veinte
años no necesariamente tiene que ser lo mismo que queremos hoy.
Por eso, nunca es tarde para cambiar el rumbo
y acercarnos a lo que realmente queremos. Parte de la madurez también consiste
en reconocer nuestros aciertos y nuestros errores, aprender de ellos y, cuando
sea necesario, tomar un camino diferente.
Estas dudas pueden surgir a los 30, a los 40,
a los 50 y, ¿por qué no?, ¡a los 80!
No hay que temerle al cambio. Y cambiar
tampoco significa necesariamente abandonar todo lo que hemos construido y
comenzar desde cero. A veces puede significar tomar una decisión importante,
pero otras veces puede ser recuperar algo que habíamos dejado atrás, aprender
algo nuevo, modificar una rutina, cumplir un sueño pendiente o simplemente
volver a hacer algo que disfrutábamos.
Lo importante es recordar que seguimos
viviendo.
La vida adulta trae responsabilidades,
obligaciones y preocupaciones, sí, pero nuestra existencia no puede reducirse
únicamente a cumplir con ellas.
Una
pregunta para ti
Me gustaría dejarte una reflexión:
Si la
joven o el joven que soñaba con ser adulto y se imaginaba todas las cosas que
algún día iba a hacer pudiera verte hoy, ¿qué le dirías sobre lo que realmente
significa ser adulto?
Vivamos nuestro aquí y ahora. El pasado ya no
se puede cambiar y tampoco sabemos qué nos traerá el futuro; lo que sí tenemos
es el presente.
Disfrutémoslo. Sigamos construyendo,
cambiando, aprendiendo y, ¿por qué no?, sigamos jugando a ser adultos.
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